"Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad.
Derrote el terror.
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Julio Piumato
22 - Sep -2016 - 18:07


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Sociedad

ÉL, PIUMATO

Desde lo autoreferrencial a los derechos humanos

Maria Falcó
mariafalco.bsas@gmail.com

¿Hasta dónde el periodismo autorreferencial deja de ser periodismo?. Si una circunstancia o un hecho es relatado por un periodista o una periodista porque lo ha vivido ¿deja de tener marco profesional?. De ser así muchos-as colegas estarían equivocando. Después de todo, en cada nota, en cada frase: ¿no estamos acaso interponiendo en las palabras y las frases elegidas la subjetividad?.

Desde lo mediático siempre han existido limitaciones que interpretan y proyectan qué es "lo correcto", "lo objetivo", "lo anecdótico", "lo verdaderamente importante". La finalidad latente de perpetuar un consumo de información remunerada que tiene por objeto generar el desinterés por la participación social.

Es verdad que con los cambios comunicacionales el discurso popular y el discurso mediático se alejan cada vez más, por cierto nunca estuvieron muy cercanos. Por ello los medios hegemónicos sobreviven al generar la autorreferencialidad para complacer de una u otra manera a ciertos sectores de la sociedad.

En este hoy, en la sociedad que se mueve y participa en red, se está potenciando como nunca antes la importancia de la inteligencia colectiva, la participación colectiva y el cerco mediático a aportado a ese crecimiento. ¿Habría que dejar de informar por la sola razón que lo profesional tendría que ocultar un relato vivenciado?. No, creo que no. Sobretodo si evidencia en los hechos el interés y el resguardo común de los derechos humanos.

Noviembre de 2010.- El Bicentenario había dejado un halo de participación y alegrías compartidas. Muchos y muchas nos multiplicábamos en diferentes acciones con la convicción de aportar por lo más mínimo que pareciera. Había que ganarle a "un tiempo". A ese que no nos daba respiro para seguir construyendo.

Las autoridades de Radio Provincia sugirieron un par de charlas a las que me sume sin escala de análisis prematuro. A las manos y a la obra generamos una charla en la Universidad de Luján para desarrollar las temáticas de "violencia comunicacional", "medios", "construcción ciudadana", "aportes sindicales", "la justicia".

Para el después nos esperaba una merienda-cena compartida más personal, en esta casa, desde la que escribo; con la intención de devoluciones, percepciones e intercambios.

En la mesa universitaria participaron Psicólogas, militantes, una importante funcionaria nacional, Julio Piumato, Roberto Zarlenga Director de Radio Provincia y quien suscribe.

A Piumato lo conocí en 2009, de todas formas me sorprendió aquel llamado que me realizó antes de las siete de la mañana el 25 de Mayo de 2010 a pocas horas de realizarse el Tedeum en Luján. Cristina y Néstor junto a casi todo el gabinete nacional se haría presentes.

Se proyectaba un festejo histórico en el casco Lujanense y no dude en decir que sí frente a la invitación que Piumanto ofrecía con extraña impronta aquella mañana. Llegó a mi domicilio apenas a los 30 minutos del llamado. Un auto de alta gama color negro con otros dos de custodia subieron a la explanada de mi domicilio. Debo reconocer que el alto nivel automovilístico me dejo perpleja, pensativa y bajaron mis niveles de alegría festiva.

La "carpa blanca" para funcionarios nos esperaba con un desayuno moderado. Café, té y medias lunas. La posibilidad de realizar notas a todos los ministros-as para volcar luego en mi programa me entusiasmó. Pero el celular irrumpió con sorpresivo "mandato" del director de Radio Provincia, Roberto Zarlenga que dijo: "Se que estás en la carpa blanca, vas a salir al aire con todos los ministros, tratá de hablar con todos y espero que hagas las cosas bien y no quede ninguno afuera, ¿entendiste?.". Evidenciando en tono su violencia laboral que acompañó el encendido de un alerta que me quedó titilando en amarillo, ¿como sabía a donde estaba?.

Perdí la cuenta del tiempo transcurrido, pero algo más de una hora me llevó poner al aire a la mayoría de Ministros, Diputados y Senadores presentes. Desayunar con el ex presidente Néstor Kirchner no era cosa de todos los días, solo en la memoria me quedaron sus palabras de esa mañana a la salida del Tedeum. Con la obvia convicción que salíamos al aire no encendí nunca el grabador.

Del festejo en Luján al festejo en CABA. Las calles empoderadas de miles y miles y más miles. Quedé exhausta pero rebalsante de emoción y conforme con la labor profesional realizada. Días más tarde, ya en la radio, intenté recuperar la grabación de todo lo que había salido al aire a los fines de guardarlo como material histórico, a los fines de recuerdo, a los fines de disfrutar con tranquilidad la escucha. Un compañero hacía tiempo que me había dado una clave especial para entrar a la cinta testigo de la emisora, confieso que los-as periodistas no solemos tener ese acceso.

Eran las 2 de la madrugada de un día sábado y recién terminaba mi labor. En la radio solo quedaba un trabajador del departamento de noticias que googleaba imágenes de jóvenes entre el silencio de la nocturnidad, el guardia de seguridad que dormía desparramado sobre un escritorio ubicado en el hall central y quien suscribe. Ni hizo falta deslizarse en un sigilo decadente hasta el sistema de la cinta testigo.

Busque una y otra vez considerando que algo estaba haciendo mal ya que el audio no aparecía por ninguna parte. Se hicieron algo más de las cuatro de la madrugada, me sumergí a escuchar el programa en el que se suponía salían las notas realizadas desde la carpa blanca del Bicentenario. Y nada, la nada misma se presentó en la pantalla del monitor. Regresé a Luján desde La Plata temiendo que las ideas y cabos sueltos me hicieran equivocar en alguna maniobra de distracción y terminara en otro tipo de inconsciencia rodeada de médicos.

Por la mañana sin dormir y buscando más una equivocación propia llamé a los colegas del programa en cuestión. Solo uno se atrevió a decir que nunca salí al aire y que había sido una maniobra del director de la emisora. Meses después supe que la acción estaba acordada con Piumato. ¿Periodistas, columnistas, locutor, todos mancomunados en una estafa moral y profesional fingiendo y actuando una salida al aire?. Si. La censura y la violencia laboral que luego se convertirían en un sistemático modelo de acción comunicacional desde la emisora y otros espacios laborales acababa de hacerse presente.

Tomando el hilo del mes de noviembre del mismo año, saliendo de la Universidad de Luján Piumato consultó con la funcionaria nacional su regreso a CABA en calidad de "buen pastor" para poder dar de alta a su labor al chofer de su auto de alta gama. "Sí, yo te llevó", exclamó la funcionaria en un acertijo de ingenuidad y compañerismo distraído.

Supe después que el acoso sexual en el regreso fue tarea difícil de sortear para la compañera pero que no escatimó al logro. De todas formas el mal momento era un hecho.

Pero antes, mientras algunos-as se debatían en nuevos encuentros, acciones a concretar y profundizar, mientras las cáscaras de maní se esparcían por la mesa, mientras una copa de vino dejaba la marca en el mantel, mientras algunas-os soñábamos de pie, otro no se esquilaba para no generar dudas y perder el disfraz de lobo rumiante. Hasta que una duda culposa me brotó desde la médula. En un rincón y un poco más a solas dije: "Julio ¿te puedo hacer una pregunta revictimizante?". En aquel momento me revolqué en la autocrítica, hoy festejo mi intuición.

Le mire las manos. Las venía mirando desde hacía rato. A mi padre lo torturaron adelante mio cuando tenía diez años. Quizas, tal vez intentaba buscar algunas respuestas pendientes de esas que están marcadas en los cuerpos, guardadas en la memoria e incomprensibles en la conciencia. La punta de sus dedos aplastadas, castigadas, ultrajadas, vulneradas me desprendieron tal vez con cierta crueldad un "¿vos por qué crees que te salvaste?". Hubo un largo silencio que me estallo de plano en la columna. Hubiese pegado un grito de disculpas arrollado en una lluvia campo afuera, pero algo me sostenía. Suspiró una y otra vez mirando un punto fijo, abajo, casi abajo de la mesa. Traspasé la idiotez, la culpa, el miedo, la injusticia, la equivocación, la sin razón, los por qué. Me parecieron segundos de minutos de horas interminables. Giró leve la cabeza con los ojos inyectados, vaya a saber de que. Tal vez me odió. O tal vez le resultó un bálsamo para decir esas verdades que solo se dicen una sola vez. "No lo sé", dijo, pero no le creí. "¿Cual fue el canje?" pregunté. Ya estaba jugada, ya me sentía casi en lo peor de mi. Y respondió rápido, sin dudar, casi con algún orgullo pasajero en medio de una sonrisa como de ganador misógino que agranda su pene ante lo vulnerable intentando sorprender: "pasar información de compañeros, por eso estoy acá". Y me sentí estar con mi enemigo y el de mi padre... en casa.

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